La Ciudad The City La Cité Staden Den Stat La Citá Nagar
Nueva York es un exilio: un mundo en donde pasa de todo en dimensiones macro, mega. ¡De todo! No hay lo que no pase. Aún así, es New York City, quizás, para diferenciarse del estado de Nueva York.
Un poeta en Nueva York ha sido una visión de Federico García Lorca de este mega suceso, o macro y multitudinario acontecimiento que es Nueva York.
Ernest Hemingway dijo en alguna de sus entrevistas que a él le encantaba Nueva York en octubre y noviembre, cuando todo lucía como que costase un millón de dólares. De París dijo que era una emoción que viajaba con uno a todas partes.
Nueva York es la ciudad de mi hermano José Rubin, quien dice que nació allí tanto como en Valle de La Pascua.
Nueva York es la ciudad de mi sobrino mayor, René Rincón. Dice que la conoce toda y siempre tuvo un mapa de ella colgando en un afiche, en donde quiera que haya vivido.
En Nueva York he estado muchas veces: de paso, para Escandinavia Nueva York-Oslo-Estocolmo), la primera vez, en 1965. Viví en Nueva York cuando realicé mi pasantía en la estación televisora WNBC-Channel 4, en Rockefeller Center en 1977. A mi llegada a los estados Unidos y a mi salida, cuando fui a trabajar y a estudiar en Pennsylvania State University, en 1977 y estuve algo antes cuando fui de trabajo con Joaquín Riviera e íbamos todas las noches a algún musical de Broadway: Jesucrist Superstar; No,no, Nanette; Grease, and some other ones I can´t remember now, y algunos otros que no puedo recordar ahora, en 1973 y mucho más antes, cundo regresaba de Londres, en 1969. Fui a la India dos veces y en ambos viajes fui “vía Nueva York-Frankfürt-Karachi-Nueva Delhi- Calcuta-Nueva Delhi-Nueva York”, a finales de invierno la primera vez y a principios de otoño, la segunda, esta vez sin el toque en Calcuta, en 1986.
Mi mejor momento en Nueva York fue cuando estuve en las pasantías en WNBC-Channel 4. Fui a Lincoln Center, a un concierto con la Filarmónica de Nueva York, dirigida por… ahora no recuerdo el nombre de aquel director inglés, fui a un concierto de Genesis, en el condado de Rockland, en los límites de Nueva York y Pennsylvania. Fue en el Auditorium de una universidad cuyo nombre no recuerdo, y como era tan lejos del poblado a donde llegamos desde New York Transport Authority en autobús, pedí al taxista que nos llevó desde la estación, que nos recogiera a las 11 p.m., pero hubo una nevada tan grande, que no pudo entrar ni salir ningún automóvil en los predios de la universidad. A las 4 a.m. un policía del estado nos llevó en su automóvil, al terminar su guardia en la universidad, a un motel de la cadena Holyday Inn, en donde dormimos hasta mediodía. Andaba conmigo un músico venezolano amigo, amante del grupo, que esta vez ya no tenía a Peter Gabriel en la banda.
Cuando escribí “La Ciudad”, y ésta, en otros idiomas que amo, en el título de este texto, no había pensado en Nueva York. No sé porqué comencé con Nueva York, si México City Ciudad de México es la ciudad primera que conocí en tanto ciudad y grandeza, y Caracas, la ciudad para mi madre, si fue a Caracas a donde nos sacó cuando en la infancia pensó en un mundo mejor para nosotros sus hijos, y allí nos llevó, persuadiendo a mi padre para tal mudanza, desde Valle de La Pascua, en los llanos del Guárico, en Venezuela, a comienzos de los años cuarenta.
No sé por qué. ¿Será que en mi inconsciente Nueva York sea para mi, la ciudad, por antonomasia? ¿México City, Ciudad de México? ¿Londres? ¿Estocolmo?
Londres debería serlo, en donde viví cinco años y a donde cada vez que regresaba de mis viajes al continente sentía que había llegado a mi casa. Usualmente digo que mi cabeza, mi intelecto, pervive en Londres.
Estocolmo, en donde anida siempre mi corazón. Nunca he dejado de vivir en Estocolmo. Es mi ciudad amada. La ciudad de mis ensueños. Cuando yo pongo mis manos en el mar frente a mi casa, siento que toco el mar de Estocolmo. Cuando en las noches escucho las olas antes de dormirme, siento las olas del Báltico en Estocolmo, y también aquellas olas congeladas en los inviernos largos y oscuros de Estocolmo cuyas noches comienzan algo después de mediodía y terminan algo antes de mediodía. Con un sol tibio, y femenino, al mediodía.
En sueco el Sol es del género femenino. La Luna, del masculino. En Estocolmo el Sol se levanta por el lado izquierdo de uno y nunca pasa por encima en su cenit, sino que se queda de frente, mirándonos de frente, desde una altura en la que nos mira a todos. En Estocolmo, para ver al Sol hay que mirar hacia el Sur del mundo. Pero la luz del Sol en Estocolmo es única. Luz morada, luz lila, luz violeta: amarillos tibios; anaranjados tenues; sonrosados como los dedos sonrosados de la Aurora, cuando lo canta Homero. Como el Sol de Ingmar Bergman al final de su película Sommarnattens Leende Sonrisas de una noche de verano, 1955 (ese Sol de los enamorados con la advertencia de que se termina la noche, ese Sol de los tristes con la certeza del día y ese Sol que siempre nos encuentra en la calle, a nosotros, los incorregibles).
Va de largo la memoria de Estocolmo. ¿Será que también, en mi inconsciente, sea mi ciudad?
Stockholm är i min hjerta, jag sa Estocolmo está en mi corazón, lo dije.
Stockholm. Käre Stockholm amado Estocolmo .La Estocolmia latina. Min käre Stockholm mi amado Estocolmo. Stockholm, staten, Gamla Stan.
Hernan Rubin, med älskar con amor, för Luis Sánchez Urbaneja i Stockholm, 2 Februar 2010
